El “Escudo de las Américas” introduce una nueva dimensión en la disputa geopolítica entre Estados Unidos y China: la infraestructura digital. Aunque el acuerdo no menciona a Huawei ni ZTE, Washington impulsa el concepto “proveedores de confianza”, mientras mantiene restricciones contra diversas empresas tecnológicas asiáticas. Para el Perú, donde estas tecnologías ya forman parte de redes estratégicas, el debate recién comienza. ¿Se trata de seguridad tecnológica o de una nueva frontera de influencia geopolítica? AS analiza las implicancias económicas, tecnológicas y estratégicas de un acuerdo que podría modificar las reglas del juego y obligar al país a definir, finalmente, su propia política de soberanía tecnológica.
El nuevo tablero tecnológico de América Latina
El llamado Escudo de las Américas deja de ser solo una alianza contra el narcotráfico: incorpora minerales críticos, control de inversiones y “proveedores de confianza” para infraestructura digital. Para Perú, abre una pregunta incómoda: ¿seguridad tecnológica o nueva dependencia geopolítica?
(americasistemas.pe. Lima, Perú – 07 de octubre 2026) La noticia podría haber pasado como una más dentro de la intensa agenda de seguridad que Washington viene desplegando en América Latina. Pero basta leer la letra pequeña del acuerdo firmado el 22 de septiembre para descubrir que el llamado Escudo de las Américas tiene un alcance bastante mayor.
Estados Unidos y otros 14 países latinoamericanos y caribeños —entre ellos Perú— acordaron trabajar sobre tres pilares: economía, seguridad y coordinación multilateral. Y dentro del primero aparece una expresión que debería llamar especialmente la atención del sector tecnológico: “proveedores de confianza para la infraestructura digital”.
Recalcamos, no es una frase menor. El mismo documento plantea explorar mecanismos de control de inversiones y diversificar las cadenas de suministro de minerales críticos. Es decir, la seguridad deja de estar confinada a policías, Fuerzas Armadas y lucha contra el crimen organizado. Ahora alcanza también las inversiones, los recursos estratégicos y las redes digitales que sostienen las economías modernas. (Forth)
¿Quién decide qué tecnología es confiable?
Aquí aparece la verdadera pregunta para el Perú. Washington lleva años construyendo un sistema regulatorio para restringir tecnologías consideradas riesgosas para su seguridad nacional. La FCC mantiene a Huawei y ZTE en su Covered List, junto con otras empresas tecnológicas, y también incluye a Kaspersky. (FCC Docs)
En el caso de Kaspersky, Estados Unidos fue incluso más lejos: en 2024 el Departamento de Comercio prohibió determinadas transacciones de sus productos y servicios de ciberseguridad y antivirus con personas estadounidenses, argumentando riesgos derivados de la jurisdicción y capacidad de influencia del Gobierno ruso.
En telecomunicaciones, Huawei y ZTE llevan años sometidas a restricciones estadounidenses bajo el argumento de seguridad nacional.
Por tanto, el concepto de “proveedor de confianza” no aparece de la nada con el Escudo de las Américas. Es la continuación de una política que Estados Unidos viene desarrollando desde hace varios años. Lo novedoso es otra cosa: ahora esa lógica puede proyectarse explícitamente sobre América Latina.
El nombre que no aparece
Hay un detalle periodístico particularmente revelador. China no aparece mencionada en la declaración. Tampoco aparecen Huawei ni ZTE. Sin embargo, semanas antes funcionarios estadounidenses habían señalado públicamente a Huawei, ZTE, Hytera, Hikvision, Dahua y DJI como tecnologías consideradas de “alto riesgo”, argumentando que la legislación china “podría” obligar a esas compañías a cooperar con los servicios de inteligencia de Pekín. China ha rechazado esas acusaciones y las ha calificado de difamatorias.
Por eso sería apresurado afirmar que el acuerdo prohíbe hoy a las empresas chinas operar en el Perú. Hay que ser claros, no lo hace. Pero también sería ingenuo ignorar la dirección política que está tomando el concepto de seguridad tecnológica.
La declaración habla de promover regulaciones sobre proveedores confiables y establece que estas deberán aplicarse “de forma no discriminatoria”. Ese último elemento será fundamental: si los países comienzan a convertir la seguridad nacional en criterio para seleccionar proveedores, deberán demostrar con reglas objetivas qué significa exactamente ser confiable. (Forth)
El problema no es solamente Huawei
Este es quizás el punto que América Sistemas debería poner sobre la mesa. La discusión no debería convertirse en Huawei contra Estados Unidos. Sería demasiado simple. La verdadera discusión es si el Perú va a construir una política propia de soberanía y seguridad tecnológica, basada en criterios técnicos verificables, o si terminará adoptando criterios definidos fundamentalmente por las grandes potencias.
Porque existe un principio válido detrás de las preocupaciones estadounidenses: ningún país debería entregar ciegamente componentes críticos de sus telecomunicaciones, centros de datos, sistemas de gobierno o infraestructura estratégica a un proveedor sobre el cual no pueda realizar auditorías, controles y verificaciones suficientes. Pero ese principio debería valer para todos. También para los proveedores estadounidenses.
También para los europeos. También para los asiáticos.
La pregunta no debería ser simplemente “¿de dónde viene la empresa?”, sino qué riesgos presenta su tecnología, quién puede acceder a ella, bajo qué jurisdicción opera, cómo se audita, cómo se actualiza, dónde se procesan los datos, qué mecanismos de supervisión existen y qué ocurre si las relaciones entre Estados cambian.
Perú: entre dos gigantes
El dilema peruano es particularmente delicado porque nuestra infraestructura tecnológica ya está construida sobre un ecosistema internacional en el que participan empresas estadounidenses, europeas, asiáticas y chinas. Por eso una eventual modificación de las reglas no sería una decisión abstracta.
Cambiar proveedores en infraestructura crítica puede significar reemplazar equipamiento, modificar arquitecturas, capacitar personal, renegociar contratos, efectuar auditorías, asumir costos de migración y, eventualmente, trasladar esos costos al consumidor.
Los comentarios recogidos por América Sistemas plantean precisamente esa preocupación: una dependencia tecnológica excesiva de cualquier fabricante es riesgosa y la diversificación puede ser conveniente. Pero también advierten que una sustitución masiva de plataformas ya desplegadas tendría efectos económicos importantes.
Hay aquí una contradicción que el Perú debería estudiar con cabeza fría: diversificar proveedores puede aumentar la seguridad; depender de un solo bloque geopolítico puede disminuirla.
La batalla también es comercial
Aquí aparece otro elemento que merece atención. Las grandes compañías tecnológicas no esperan pasivamente que los gobiernos decidan quién será proveedor de confianza.
Llevan años construyendo relaciones con operadores, integradores, empresas, universidades, organismos públicos y ejecutivos tecnológicos. La competencia por América Latina no comenzó con el Escudo.
Las empresas estadounidenses, europeas, chinas, coreanas y de otros países llevan años buscando posicionamiento comercial, tecnológico e institucional en nuestros mercados.
Por eso sería un error interpretar todo esto únicamente como una disputa de seguridad.
También es una gigantesca batalla por mercados. Somos testigos que Huawei ha desarrollado una estrategia de presencia internacional que incluye relaciones con operadores, gobiernos, universidades y ejecutivos del sector tecnológico.
¿Seguridad o geopolítica?
Washington tiene una posición perfectamente identificable: considera que determinadas tecnologías extranjeras pueden representar riesgos para su seguridad nacional. China tiene también su propia posición: rechaza las acusaciones estadounidenses y sostiene que Washington utiliza argumentos de seguridad para contener a empresas chinas.
Entre ambas posiciones está América Latina. Y ahí aparece la pregunta que debería preocuparnos. ¿Quién define los estándares de seguridad tecnológica que vamos a utilizar? Porque una cosa es que el Perú establezca requisitos técnicos, auditorías independientes, certificaciones, pruebas de penetración, trazabilidad de componentes, seguridad de software y controles sobre infraestructura crítica.
Eso es soberanía tecnológica. Otra cosa sería que la palabra “confiable” termine significando simplemente “aceptado por una determinada potencia”. Eso sería otra discusión.
“El debate técnico ofrece una alternativa: que la confianza se determine mediante evaluaciones independientes, estándares internacionales y criterios de seguridad verificables, y no únicamente por el origen geopolítico del proveedor.” Algunos equipos de fabricantes chinos han pasado evaluaciones bajo esquemas europeos; eso no resuelve por sí solo el debate sobre las obligaciones legales de sus países de origen, pero demuestra que la discusión puede trasladarse a mecanismos técnicos y auditables.
El Perú no debería mirar desde la tribuna
El peor escenario para nuestro país sería convertir una disputa entre Washington y Pekín en una decisión automática. El Perú necesita una política tecnológica propia. No significa enfrentarse a Estados Unidos. Tampoco significa defender a China. Significa algo mucho más elemental: defender los intereses tecnológicos del Perú.
Si Huawei o ZTE presentan riesgos demostrables para determinada infraestructura crítica, que se establezcan las pruebas, se publiquen los criterios y se actúe. Si un proveedor estadounidense presenta riesgos similares, exactamente lo mismo. Y si un proveedor europeo o de cualquier otra procedencia los presenta, también. La tecnología no debería obtener un certificado de confianza por su pasaporte.
El verdadero “escudo”
El Escudo de las Américas comenzó presentándose esencialmente como una iniciativa de coordinación frente al crimen organizado y el narcotráfico. Pero la declaración del 22 de septiembre amplió formalmente su alcance hacia economía, inversiones, minerales críticos e infraestructura digital. Ese cambio merece ser observado con atención.
Porque las guerras del siglo XXI ya no se libran solamente con soldados. También se libran con chips, datos, nubes, cables submarinos, inteligencia artificial, minerales críticos, redes 5G, centros de datos, satélites y estándares tecnológicos. Y en esa guerra comercial y geopolítica, América Latina posee algo que las grandes potencias necesitan: mercados, recursos y posición estratégica.
El Perú tiene entonces que decidir qué quiere ser. ¿Un consumidor de tecnología diseñada por otros? ¿Un país que cambia de proveedor cada vez que cambia el viento geopolítico? ¿O una nación capaz de establecer sus propias reglas de seguridad tecnológica, diversificar proveedores y proteger simultáneamente sus intereses económicos y estratégicos?
El Escudo de las Américas puede terminar siendo mucho más que un acuerdo de seguridad. Puede convertirse en el tablero donde se defina quién tendrá las llaves de la infraestructura digital latinoamericana durante las próximas décadas.
Y esa discusión, en el Perú, recién comienza.
La gran pregunta de AS debe ser peruana: si Washington y Pekín están librando una batalla tecnológica, ¿cuáles son los criterios soberanos que utilizará el Perú para decidir quién puede participar en su infraestructura crítica? Recordamos terminar con la frase de un notable político peruano en su momento claro está “Ni con Washington ni con Moscú, sólo…”.

