El Perú llega a la cumbre de la ONU sobre inteligencia artificial con una Estrategia Nacional 2026-2030 y un reglamento pionero en la región, pero también con brechas reales: escasez de talento en ciberseguridad, supervisión humana aún en fase inicial y un ecosistema innovador que no termina de echar raíces fuera de Lima. Entre la ética y la eficiencia, la pregunta de fondo no es cómo adoptar la IA, sino para quién. La respuesta no está en las resoluciones o normas: está en cada implementación concreta.
El río que ningún algoritmo puede cruzar solo: tras la cumbre de la ONU sobre IA, ¿cómo debe navegar el Perú la era de la inteligencia?
Mientras la gobernanza global de la inteligencia artificial entra en la era de las «reglas duras», la mirada del Perú no debería quedarse solo en las luces de la cumbre. Desde la ONU hasta los Andes, debemos encontrar nuestro propio camino entre la eficiencia y la ética, la innovación y la equidad.
(americasistemas.pe. Lima, Perú – 23 de setiembre 2026) Nueva York, sede de las Naciones Unidas. Un debate sobre el futuro de la humanidad está en marcha. La pregunta central que enfrentan los representantes de los Estados ya no es si la inteligencia artificial debe regularse, sino quién tiene el derecho de escribir las reglas y cómo hacerlas aterrizar en un 2026 que el secretario general António Guterres ha calificado como un año «absolutamente decisivo».
En ese contexto, el canciller peruano Elmer Schialer alzó la voz de Lima en el debate del Consejo de Seguridad sobre inteligencia artificial, paz y seguridad internacional. Señaló con claridad que el Perú ya cuenta con una estrategia nacional de IA que avanza en ciberseguridad, seguridad ciudadana y salud, y pidió a la comunidad internacional garantizar que «la inteligencia artificial sirva siempre al ser humano y esté bajo control humano». Esa posición dialoga, con matices, con los mecanismos que la ONU impulsa: el Panel Científico Internacional Independiente sobre IA y el Diálogo Global sobre la Gobernanza de la Inteligencia Artificial.
Sin embargo, los aplausos en la cumbre no pueden ocultar un hecho incómodo: el verdadero desafío nunca estuvo en las salas de reuniones de Nueva York, sino en cómo cada país convierte los principios en práctica.
En mayo de 2026, el Gobierno peruano aprobó mediante la Resolución Ministerial N.° 152-2026-PCM la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial 2026-2030. El documento establece como principios rectores la seguridad, la ética y la inclusividad, y define cuatro pilares estratégicos: formación de talento humano en IA, innovación y emprendimiento, marco ético y regulatorio, y participación ciudadana y cooperación. Ya en septiembre de 2025, el Perú había aprobado el reglamento de la Ley N.° 31814, convirtiéndose en uno de los primeros países de América Latina con un marco regulatorio completo en materia de IA, con clasificación de riesgos, supuestos prohibidos, obligaciones de transparencia y supervisión humana.
Estos logros legislativos son, sin duda, dignos de reconocimiento. Pero en el informe de «preparación» de la UNESCO, el Perú aparece con un «progreso normativo temprano y significativo» al mismo tiempo que enfrenta una realidad punzante: la norma no equivale a capacidad real. El informe señala una «grave escasez de profesionales calificados en ciberseguridad» y un mecanismo de supervisión humana que «aún se encuentra en fase de implementación gradual».
Es decir, el Perú tiene ante sí una brecha más profunda que la legislativa.
En un desayuno en Lima, varios ejecutivos del ámbito tecnológico y empresarial peruano se sentaron alrededor de una mesa. La conversación derivó de los modelos abiertos chinos a la geopolítica del cómputo en Silicon Valley, de las ambiciones regulatorias europeas al silencio latinoamericano —al menos, un silencio aparente—. El ambiente no era relajado.
Uno de los ejecutivos, con años de experiencia en transformación digital empresarial, dejó la taza de café sobre la mesa y dijo algo que silenció a todos: «Estamos gestionando herramientas del siglo XXI con la lógica del siglo XIX. Y lo más peligroso: estamos midiendo nuestro futuro con la regla de otros.» Esa frase tocó una dimensión que suele evitarse en el debate peruano sobre IA: la tensión entre soberanía tecnológica y autonomía estratégica.
Desde esa perspectiva, empiezan a emerger algunas preguntas de fondo.
Primero, el doble dilema educativo. La ENIA coloca la «formación de talento» como primer pilar, con planes para fortalecer las capacidades de los docentes en educación básica y actualizar los currículos en institutos técnicos. Pero el Perú no solo arrastra un retraso en educación en IA: arrastra una desigualdad estructural de larga data en el propio sistema educativo. La brecha digital entre colegios privados urbanos y escuelas públicas rurales, en la era de la IA, puede ampliarse en lugar de cerrarse.
Segundo, el riesgo de «bonsái» en el ecosistema de innovación. El «Centro Nacional de Innovación Digital e Inteligencia Artificial» y los «entornos de prueba» que contempla la estrategia apuntan en la dirección correcta. Pero el ecosistema innovador peruano tiene una tendencia histórica al bonsái: unos pocos proyectos demostrativos, cultivados con esmero en Lima, crecen bonitos y fotogénicos, pero no echan raíces en la sierra andina ni en la amazonia. Los problemas que realmente requieren IA —identificación de plagas agrícolas, adaptación climática, diagnóstico médico en zonas remotas— rara vez están en el centro de atención del capital y la tecnología.
Tercero, el estado «suspendido» del marco ético. El Perú construyó su sistema de regulación ética sobre la base de la recomendación de la UNESCO. Es un avance importante. Pero una ética sin dientes coercitivos corre el riesgo de convertirse en retórica de relaciones públicas. Cuando los algoritmos de gigantes tecnológicos extranjeros toman decisiones en cajas negras opacas que afectan el crédito, el empleo o incluso la libertad de ciudadanos peruanos, ¿cuánta capacidad real tiene Lima para supervisar y exigir responsabilidades?
Mientras tanto, la geopolítica se acelera. Guterres propuso crear un Fondo Global de IA para ayudar a los países en desarrollo a construir infraestructura y capacidades, y pidió una «promesa de seguridad de IA para la infancia». Pero el propio secretario general admitió que los esfuerzos voluntarios, sin verificabilidad ni aplicabilidad universal, «no serán suficientes para hacer frente a los riesgos».
Ahí hay una tensión que el Perú haría bien en meditar. Por un lado, el país se beneficia de la cooperación internacional y del apoyo a capacidades; el proyecto de gobierno digital con Corea ya ha producido informes sobre estrategias de implementación de IA, estándares éticos y guías de evaluación. Por otro, depender en exceso de estándares y plantillas de gobernanza externos puede llevar al Perú a otra forma de dependencia: las reglas las escriben otros, las herramientas las fabrican otros, y al Perú le queda «aplicar» y «cumplir».
La realidad, sin embargo, muestra otro rostro. En Lima, el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables creó el primer laboratorio de inteligencia artificial dentro de un ministerio peruano. Su asistente virtual puede atender en español, quechua, aimara y shipibo-konibo para orientar a poblaciones vulnerables. Es un avance pequeño pero real: la tecnología se usa para servir, no solo para exhibir.
Pero casos así siguen siendo islas. La pregunta de fondo persiste: ¿cómo convertir mil islas en continente?
La respuesta peruana quizá no esté en perseguir la gran narrativa de «potencia de IA», sino en volver a una pregunta más sencilla y, a la vez, más difícil: ¿para quién sirve la inteligencia artificial?
Si la respuesta es «para el pueblo peruano», entonces el criterio para medir cualquier estrategia o política debería ser nítido: ¿la IA le facilita a un agricultor de Apurímac acceder a información de precios de mercado? ¿Le permite a una madre de Loreto obtener un diagnóstico auxiliar confiable en el puesto de salud más cercano? ¿Le da a un microempresario de Lima la capacidad de optimizar su inventario con IA sin necesidad de entender qué es el «ajuste fino de un modelo»?
Las respuestas a estas preguntas no están en ninguna resolución ministerial. Están en cada implementación concreta.
El diplomático peruano pidió en la ONU que «la inteligencia artificial sirva siempre al ser humano y esté bajo control humano». La posición es correcta. Pero «ser humano» es un concepto abstracto que necesita traducirse a ciudadanos peruanos concretos: el anciano quechua-hablante, el joven de la frontera, el pequeño comerciante que sobrevive en la economía informal.
Desde la cumbre de Nueva York hasta los caseríos andinos, la promesa de la inteligencia artificial debe recorrer una larga distancia. El Perú ya dio pasos en la construcción institucional, y eso es digno de reconocimiento. Pero el sentido de una institución no está en ser escrita, sino en ser practicada; no en ser citada, sino en ser verificada.
En una era en la que los algoritmos escriben frases elegantes, la sabiduría de un país se mide, precisamente, por lo que elige no hacer y por aquellos a quienes elige servir.
Importante: Este reportaje se gestó de manera casual, en un desayuno con varios ejecutivos que expresaron sus puntos de vista sobre la inteligencia artificial, el Perú y su futuro. América Sistemas recogió esos testimonios y, por su importancia, los da a conocer.

